Todo es mentira: REFLEXIONES SOBRE LA LIBERTAD POLÍTICA


Uno de los derechos fundamentales es el derecho de sufragio activo (votar en las elecciones) y pasivo (ser candidato y, eventualmente, ser elegido). Este derecho, en ambas versiones, es puramente nominal por no decir que resulta ficticio. 
Resumidamente: No existe derecho real de sufragio activo porque en la práctica no podemos elegir más que entre dos o a lo sumo tres opciones políticas que resultan miméticas en lo importante y porque los partidos nos imponen listas cerradas y bloqueadas, lo que nos obliga a votar no a personas sino a maquinarias de poder cuya misión es mantener y perpetuar el sistema. 
No existe derecho de sufragio pasivo porque en la práctica sólo se puede ser elegido pagando el precio de entrar en la disciplina de uno de los partidos políticos importantes, que no siempre se distinguen por sus hábitos democráticos y que, como he dicho, no están dispuestos a cambiar nada.
Las capas menos informadas de la sociedad, los que no saben que todo es mentira, desperdician su energía y su tiempo (en una manera muy conveniente para el sistema) discutiendo las excelencias del partido A y las miserias del partido B, convencidos de que uno y otro son distintos. 
Pero la libertad sería algo mezquino si se limitara a la facultad de elegir entre un partido de la llamada centro derecha y otro de la llamada centro izquierda. Esas opciones no son iguales pero sí muy parecidas y resultan idénticas en las cuestiones relevantes: Ninguna de ellas hará nunca nada que pueda contrariar los intereses de los laboratorios farmacéuticos o la industria agroalimentaria, no incorporarán las medicinas mal llamadas alternativas al sistema público de salud, no cuestionarán la autoridad de los bancos, no se replantearán el trauma que significa para los jóvenes hacer frente a una hipoteca o promoverán la democracia real admitiendo listas abiertas y prohibiendo o limitando todo gasto electoral como medio para igualar a todos en las opciones.

Hay que terminar con eso. El sistema quiere que sigamos entretenidos manteniendo esas discusiones y debatiendo sobre los estrechos limites entre las opciones políticas dadas porque eso mantiene la ilusión de que puede haber discrepancia, critica y todo lo que caracteriza a una sociedad libre, pero sobre todo porque esas discusiones no conducen a nada, y esa nada es lo que el sistema tiene reservado para nosotros. En realidad esas opciones políticas difieren en muy poco pero parecen distintas porque se han  preocupado de retirar de la circulación a las demás. Los dos grandes partidos son como esas cadenas comerciales que fingen hacerse la competencia cuando en realidad son marcas distintas del mismo empresario. Una elige el color azul para sus dependientes y su decoración, la otra el rojo. Bonita escenificación de la diferencia para ocultar que comparten propietario. Es curioso, esos colores también representan a los dos partidos importantes. Y también ellos comparten dueño.


Puede que la más importante mentira sea la democracia en la que vivimos o creemos vivir. No existe tal democracia. Claro que es mejor convivir con esta oligarquía que soportar un régimen totalitario donde vas al calabozo por suspirar, pero esta comparación no debería cegarnos hasta el extremo de hacernos creer que todo lo que nos dicen sobre nuestro sistema político es cierto, y sobre todo de hacernos pensar que hemos llegado a la estación término y que lo que tenemos es todo a lo que podemos aspirar.
En la época de Franco quienes querían dedicarse a la política debían hacerlo desde las filas del llamado Movimiento Nacional. Algo más tarde, con los primeros compases de la transición, el Presidente Arias Navarro admitió las asociaciones políticas como expresión de las distintas opciones, pero siempre dentro de la ortodoxia ideológica del dichoso Movimiento Nacional.
A los analistas políticos y a los historiadores eso les parece la burla de un sistema de libertades y a mí también, pero no veo muchas diferencias con la estructura del sistema actual, en el que las opciones disponibles son casi miméticas, en el que quien desee participar activamente no tiene mas remedio que hacerlo desde uno de los grandes partidos y en el que fuera de esas dos opciones (que respecto a las cuestiones importantes son una) sólo se extiende la nada.


La Constitución manda que las normas internas de funcionamiento de los partidos políticos sean democráticas. No parece que se cumpla esta condición, o que se cumpla siempre. Nadie se extrañó cuando Aznar nombró a su sucesor, como un rey designa a su delfín. El hecho de que una cosa así suceda (aunque luego se adecente con una votación), denota simplemente un incumplimiento del artículo 6° de la Constitución. El hecho de que una cosa así suceda y ni un sólo periodista escriba un editorial crítico, evidencia también unos medios de comunicación seguidistas y cómplices. El hecho de que esto suceda y entre los ciudadanos nadie diga lo mas mínimo, denota una sociedad enferma, esclavizada y con un pensamiento acrítico, exactamente el modelo de sociedad querido por el sistema.

Como es sabido, un señor llamado Ricardo Costa fue suspendido de militancia del Partido Popular por aludir a sí mismo como Secretario General del partido en la Comunidad Valenciana cuando previamente había sido destituido desde Madrid. Siempre sospeché que ese gesto suyo era una forma de advertir que Génova carecía de competencia para destituirlo y lo que he leído en los estatutos de ese partido sugiere que así es. Los comités ejecutivos regionales del PP tienen entre sus competencias, con arreglo al artículo 35.1.d), nombrar a los Secretarios Generales, y con arreglo al apartado f) del mismo artículo,“recibir la dimisión de las personas que ostenten funciones en los órganos de gobierno y proveer sus sustitución”. Si no lo he entendido mal, el comité de derechos y garantías (Génova) puede sancionar con la inhabilitación, pero no destituir al secretario General de un organismo regional.
Como no me dedico a la política podría equivocarme, pero de la lectura de los estatutos del PP concluyo que efectivamente los órganos centrales carecían de toda autoridad para destituir a un cargo que había sido nombrado por el órgano regional y a quien únicamente el órgano regional podía revocar. Según esto, Ricardo Costa habría estado en su perfecto derecho de decir lo que dijo, y el partido lo sancionó por ejercer un derecho cuando quienes habrían incumplido los estatutos eran los mismos jefes de Génova.
Escuché en su momento las noticias sobre estos hechos y no capté en la prensa un sólo inconveniente. Al contrario, todos los periodistas encontraban muy normal lo sucedido. Resulta tan demoledora la contundencia con la que se ataca a la libertad y al derecho a la luz del día como desoladora la pasividad de unos medios de comunicación que callan por algún motivo.
¿Cuál es ese motivo? No es ignorancia, cualquiera puede leer los estatutos del PP, que están en Internet. Entonces ¿Cuál es ese motivo? ¿Y por qué el otro partido calla también? ¿Aspira acaso a conservar intactas sus posibilidades de actuar igual de puertas adentro? ¿Son estos partidos realmente democráticos o encierran un caudillismo que la prensa libre no se atreve a criticar?
Si un ladronzuelo roba un bolso, le cae la ley encima. Si un especulador financiero hunde los mercados, rara vez tiene consecuencias. En paralelo, si un esposo machista limita la libertad de su pareja, esto merece censura social. Pero si un partido roba en grande la libertad de todos poniendo en marcha mecanismos internos no democráticos, esto pasa desapercibido y nadie se ofende. El extraordinario poder del sistema sobre nuestro pensamiento se manifiesta así: Lo tenemos delante y no lo vemos.
SOBRE EL DERECHO A PARTICIPAR
Hay un círculo vicioso relativo a la vida de los partidos que confirma que vivimos en un régimen ademocrático. En teoría cualquiera de nosotros puede participar en la vida política mediante la creación de un partido o simplemente concurriendo a las elecciones, pero en la práctica todos tenemos la con- ciencia de que una cosa así será inútil porque nunca conseguiremos que nuestro mensaje llegue a los electores. Creo que habéis visto cómo es una campaña electoral y las cantidades inmensas de dinero que se invierten en ellas. Trenes dedicados, polideportivos a rebosar, la ciudad empapelada, vallas publicitarias, los candidatos y su corte recorriendo el país en avión. Todo eso sólo para reunirse con las huestes propias, entregadas de antemano y con un papelón reducido a aplaudir y vitorear.
Esa frenética actividad cuesta una cantidad horrible de dinero que el resto de la población no puede permitirse. Las fuentes de financiación de los partidos son oficialmente las cuotas de sus afiliados, la administración de los recursos propios, las donaciones y la subvención del Estado por escaños obtenidos. Para mantener el aparato, sus sedes, viajes, sueldos y campañas, esto (excepto donaciones sobresalientes y desde luego no desinteresadas) es calderilla y creo sospechoso que esa realidad no resulte evidente.



Lejos de mi intención dirigir una acusación genérica contra los partidos o sus dirigentes. Me limito a dejar constancia de los escándalos periódicos que han ido apareciendo en relación a su financiación ilegal. A lo mejor estoy equivocado, pero los casos Naseiro, Filesa, Flick, Matesa y Gürtel sugieren un sistema estable y mantenido en el tiempo de financiación ilegal.
Me nace una sonrisa de ironía cuando, tras descubrirse algún nuevo fraude, veo a los bienintencionados ciudadanos dejarse llevar por las protestas de los propios dirigentes que, tras elegir los cabezas de turco, insisten en que nadie debe lucrarse a costa del partido, como si ésas y otras maniobras no estuvieran organizadas por los propios partidos, sedientos de una fuente inagotable de recursos.
Hay al respecto una frase hecha que sirve como segunda barricada de defensa cuando las principales fallan y el juez y la sociedad se enteran del robo: En todos los partidos hay sinvergüenzas. Esta expresión, tan usada cuando llega el caso, resulta muy eficaz como mal menor para convencer a la sociedad de que el partido no es agente, sino víctima.
Es cierto que en un ambiente de rapiña es fácil que quienes ven pasar el dinero por delante cojan un poco, pero que esto no nos distraiga del grave problema de base, que es la inmensa cantidad de recursos económicos que necesitan los partidos para funcionar y la relativa modestia de sus fuentes oficiales de ingresos.
Por mi profesión, tengo una ligera idea de lo que pasa cuando hay que adjudicar una obra pública. Los empresarios del sector están absolutamente desesperados con el tema y confío en que se entienda, porque esta parte es bastante turbia y no pienso explicarla mejor. Cuentan también estos empresarios algo inquietante: 
Que cuando el concurso es para la Unión Europea nunca hay ni pucherazo ni favoritismo porque los pliegos de condiciones establecen criterios objetivos y no dejan nada a la valoración de la Administración otorgante del contrato. Y añaden que en España es todo lo contrario, puesto que aquí los pliegos contienen una dosis importante de criterios subjetivos, lo que funciona como garantía de que la autoridad de turno pueda otorgar la obra a quien le apetezca. 
Dicen también que sería muy fácil impedir la corrupción y los correspondientes sobrecostes en la adjudicación de obras modificando la ley para introducir en los concursos sólo criterios objetivos y eliminar los subjetivos. Pero saben que ninguno de los partidos importantes lo hará. No me preguntéis por qué. Simplemente recordad el revuelo que se organizó en el Parlamento de Cataluña cuando un político le reprochó a otro que su problema, o el problema de su partido, era el 5%.
La censura ética que pudiéramos dirigir hacia los responsables de ese modo de proceder queda al margen del presente análisis. Lo importante aquí es que los ciudadanos en general, si exceptuamos el éxito local de ciertos independientes, no pueden ni soñar en fundar un partido para defender sus ideas con una mínima esperanza de que su mensaje llegue a destino.


Beneficiándose de este mecanismo totalmente (en apariencia) corrupto, dos maquinarias no siempre democráticas se reparten el poder y deciden nuestro destino escenificando una farsa en la que las discrepancias son sólo de matiz y en la que las cuestiones mas importantes quedan excluidas porque en ellas el acuerdo es total.
Para que existiera una democracia auténtica en la que todos tuviéramos la oportunidad de formar y hacer funcionar un partido político con posibilidades, debería establecerse una prohibición muy exigente de todo gasto electoral. Las campañas caras no sólo son innecesarias, sino que constituyen un instrumento del sistema para excluir conscientemente al pueblo de la verdadera democracia.
El mensaje de los candidatos puede y debería hacerse llegar sólo o preferentemente a través de espacios electorales gratuitos en los medios de comunicación (públicos y también privados, como veremos). La utilidad de empapelar las ciudades con carteles de los candidatos no radica en obtener una ventaja sobre el adversario (algo carente de sentido puesto que el adversario empapela por igual) sino marcar un foso económico insalvable entre las posibilidades de los partidos instalados y las de los partidos incipientes que pudieran nacer del pueblo.
LISTAS ABIERTAS
Esta es una experiencia propia. Formé parte de una asociación de productoras de cine en la que no existía nada parecido a democracia real. Cinco o seis empresas se repartían siempre las subvenciones y el resto, unas setenta y cinco, debíamos conformarnos con las migajas en el mejor de los casos. Esas cinco o seis empresas no despertaban precisamente buenos sentimientos entre el resto y para mí era un misterio cómo un año tras otro continuaban al frente de la cúpula directiva en una asociación que sin embargo se regía por hábitos democráticos y celebraba elecciones periódicamente.
La razón estaba en los estatutos, que establecían la presentación a las elecciones no de candidatos individuales, sino de candidaturas colectivas cerradas. Además, la junta directiva estaba sobredimensionada y resultaba desproporcionada con el número total de asociados. Todo esto estaba estudiado, porque cada vez que había elecciones la camarilla dominante presentaba una candidatura de dieciocho empresas para ocupar los dieciocho puestos de la junta directiva. La mayoría de las veces el resto ni siquiera podía recoger candidatos suficientes para integrar una candidatura alternativa.
Redacté una reforma de los estatutos para que las elecciones se celebraran con candidatos estrictamente individuales. Este era un medio seguro para instaurar una democracia auténtica pero los empresarios de la camarilla lo vieron a la primera de cambio. Sabían que tan pronto como la reforma se pusiera en marcha nunca más volverían a controlar la asociación simplemente porque las bases no les votarían. Así que bloquearon la reforma por diversos medios y yo abandoné la asociación junto con unos cuantos productores para formar un colectivo alternativo, dejando que ellos continuaran con su movimiento nacional y sus candidaturas oficiales.
Así es como funcionan todas las mafias que se presentan en sociedad bajo apariencia democrática. Si no vemos la artimaña no entenderemos nada.
Otro día me tocó presentarme en las Cortes Valencianas para impedir que una ley relativa a ciertas corporaciones de derecho público regulara sus elecciones mediante presentación de candidaturas. Los partidos políticos que tenían que aprobar el texto pretendían reproducir en él sus propios esquemas de funcionamiento, pero los interesados estaban en desacuerdo y me enviaron para aclarar a los diputados que los candidatos debían ser estrictamente individuales.
Estas anécdotas subrayan la importancia de las listas abiertas. Si cada elector pudiera elegir al candidato que le pareciera conveniente, las cosas cambiarían. Los políticos serían menos arrogantes y atenderían más a las necesidades reales. Y sobre todo nos podríamos dar el lujo de contrariar a los grandes partidos dejando de una forma muy democrática fuera del Parlamento a algunos de sus políticos principales. En todo caso, os pido que percibáis el paralelismo entre la democracia formal de la asociación de productores, que era en realidad una oligarquía camuflada donde siempre mandaban los mismos, y la democracia formal de nuestro sistema político, que también resulta ser una oligarquía camuflada donde siempre mandan los mismos.
Pero ellos no nos permiten los cambios porque esto produciría un cabo suelto en nuestras ataduras. Estamos no sólo gobernados, sino controlados por partidos políticos al servicio de inmensos grupos económicos, y esa correlación del poder (de los grupos económicos sobre los partidos y de los partidos sobre el pueblo) debe funcionar como una maquinaria bien engrasada. Si pudiéramos elegir a los candidatos, comenzarían a aparecer en esa maquinaria pequeños fallos que podrían multiplicarse de forma indeseable para quienes necesitan que todo esté bien atado. A mi parecer no son precisamente los partidos los que se resisten a las listas abiertas, sino los grupos económicos que los controlan.
Todo es mentira
Breve compendio de ideas sobre el sistema
© José Ortega 2010

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