El Rey está desnudo


La respuesta al debate de los sábados en El Mundo: ¿Cree que la imputación de Iñaki Urdangarin afectará a la imagen de la Casa Real?

Sí. Está claro que este es un país tan fascinante como extraño. Eso ni se duda, porque salta a la vista y porque su peculiar resplandor -como si fuera una especie de capa taurina- reluce tanto que casi nos ciega. Es cierto que embestir, sí embestimos, pero hay que ver, también, cómo nos torean.

Somos algo así como un cónclave ambiguo -o un cóctel explosivo- de intereses e identidades dispersas -un ente incierto y bastante abstracto, a qué negarlo- donde nadie parece tener la menor vocación monárquica, pero donde nadie, a la vez, critica ni pone en tela de juicio el papel integrador y de moderación que representa Don Juan Carlos; y mucho más, ahora, cuando la clase política y la clase económica, si no son la misma, ya se bastan y sobran para copar, casi de forma exclusiva, nuestra infinita capacidad de indignación. O quizá más.

Nos gustan, pues, los símbolos, y eso es bueno. O no lo es, pero tanto da, porque nos gustan y seguirán gustando, pese a todo, las alegorías y ya que no pudimos gozar de los pechos de la libertad guiándonos hacia las guillotinas -lo de la Segunda República sólo fue un agrio simulacro que, desde luego, nos costó demasiado caro- bien está que nos concentremos en los avatares de la sangre azul y en los juegos estratégicos de la heráldica para acabar llegando -como era de esperar y temer- al desastre astral y hasta galáctico de las conjunciones entre princesas y plebeyos. 

Cosas de la química o el destino. De la educación sentimental o del deporte de la figuración y la usura. No es lo mismo jugar bien al balonmano que representar, con un mínimo de decoro, el papelazo de Duque consorte. En absoluto.

Estoy seguro que a Don Juan Carlos le van a doler hasta los higadillos con la que ha armado -y con la que se barrunta que armará- su yerno Iñaki Urdangarin. Y hasta es posible que tanto ruido llegue a Palacio y que el Rey tenga que salir en público, decididamente desnudo, a decirnos que está desnudo. Que esto es lo que hay. 

Que las instituciones sufren de plagas y que, como las civilizaciones, pasan épocas de esplendor y de ruina. Que todo se tambalea de vez en cuando y que hasta rueda, con estrépito, por los suelos. Pero todo eso, de hecho, ya lo sabíamos. 

Si la Justicia obra con justicia y Urdangarín expía todas sus penas, el Rey podrá volver a vestirse. Y si no quiere, da igual. Desnudo también nos gusta.

Autor: Juan Planas Bennásar

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