No es apolítico, es exáctamente lo contrario


Debemos destapar el engaño que la palabra camufla en toda su magnitud.

Hay que comenzar entendiendo que el símbolo oculta la cosa simbolizada, que la palabra nos aleja de la cosa. El grito tapa el dolor, y por eso es por lo que nos quejamos, para que no nos duela tanto. Se trata de un mecanismo de defensa que surge cuando la cosa simbolizada resulta ya insoportable.

A menudo además el entramado de palabras y símbolos funciona como una trampa, para que las cosas sean lo contrario de lo que dicen ser. Esa es una tecnología del poder que se ha ido perfeccionando con el tiempo, significar una cosa y pretender ocultar con esa palabra que lo que está sucediendo por detrás es precisamente lo opuesto.

Por ejemplo, en la situación actual cuando firmas un contrato de trabajo y más en una coyuntura de paro, piensas, ¡qué bien, voy a trabajar!. Pero no es verdad: Lo que estás firmando al trabajar para otro es la expropiación del producto de tu trabajo. Se dice que el empresario te da trabajo: No, es al contrario, no es quien te lo da, es quien te lo quita. Cuando firmas uno de esos contratos cuyas condiciones son empeoradas gobierno tras gobierno, estás firmando la desposesión de tu trabajo.

El partido político y las elecciones funcionan de un modo muy parecido, y por eso el Estado las necesitaba tanto para poder normalizar lo que estaba sucediendo en las asambleas y acampadas a lo largo del país.

Cuando votamos, entregamos la política al partido. El partido nos mata, devora nuestra realidad política y la convierte en número, en estadística, en algo que medir y sobre lo cual ejercer poder. Cada voto se pesa y se convierte en dinero para el partido que lo recibió y en mecanismo mediante el cual disponer los cuerpos que serán gobernados. Los ciudadanos “aceptan el resultado”, y con él, la supresión de su propia dimensión política en manos del partido.

Las escasas formas de participación política en la democracia española son apenas simbólicas, funcionando de tal modo que consisten más en un arrebatar de la política al pueblo mientras se le hace sentir libre en apariencia. Porque aquello de lo que hemos sido testigos en las plazas españolas y que tanto ha asustado a los partidos ha sido precisamente eso, política. Esa es la peligrosa actividad que la gente llevaba a cabo en las asambleas discutiendo y haciendo propuestas, hasta que llegaron ellos, los partidos políticos narcisistas, a contar cada voto y a justificar así hurtarle de nuevo la palabra a unos ciudadanos que se la estaban apropiando peligrosamente, eclipsando el multimillonario espectáculo mediático de sus campañas electorales.

Irónicamente entonces, los que vitoreaban en Génova la victoria del Partido Popular y gritaban “Esto es democracia y no lo de Sol”, no estaban haciendo más que alienar su propia dimensión política, vitoreando a una institución diseñada expresamente para arrebatársela. Aquello que vimos en tal celebración no fue más que el espectáculo de la ciega alabanza al amo que te desposee, un ensalzamiento proferido por quien no entiende que es la institución política la que se apodera de tu dimensión política.

¿Qué cosa hay más terrible que un individuo al que se le ha arrebatado su identidad, cuya dimensión política se reduce a ser un número en un recuento, y que ignorante de su alienante expolio aclama a los asaltadores de caminos que sumaron sus votos para entregarlos a su enemigo, a ese poder ajeno a él centralizado en la banca y la gran empresa que repite su truco de magia para poder seguir explotando a ciudadanos conformes?

En Sol durante todos estos días hemos visto política; en Génova y Ferraz, tan sólo políticos.

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